Nadando con las estrellas

Luz Lescure

He vivido toda mi vida en Isla Carenero. Es una pequeña y larga isla que forma parte del archipiélago de Bocas del Toro. Las islas siempre han sido muy bellas, con costas rodeadas de manglares y arrecifes de coral. Ahora está muy de moda ir a Bocas del Toro para hacer turismo. En los últimos cinco años llegan turistas de todas partes y jóvenes científicos a estudiar nuestro mar y nuestros animales. Llegan, sobre todo a Isla Colón y pagan un montón de dólares por hacer viajecitos a las otras islas, por revisar nuestros fondos marinos y por bañarse en la playa con las estrellas de mar. Eso les fascina. Las estrellas son enormes, bellas y lentas, de un color naranja o amarillo que recuerda al plexo solar. Y hay tantas que hasta que hay que tener cuidado de donde pisas para no encaramarte sobre una de ellas. Entiendo que paguen muchos dólares para ir a verlas. ¡Vale la pena! De ninguna otra manera tienes la experiencia de nadar con las estrellas. Muchos turistas tratan de robárselas para tener su esqueleto en casa, a pesar de la multa que existe si las sacas de su lecho marino y de saber que morirán luego de un minuto fuera del agua. Las estrellas y los delfines son los favoritos de estos extranjeros que nos visitan. Los hoteles, los bares y los restaurantes están situados al lado del mar y todo se ve muy folklórico, al estilo de pueblo caribeño. Que gusta a los extranjeros. Las fotos salen de maravilla, aunque la música, el licor, las drogas y el sexo sean “el pan nuestro de cada día”.

Pero no es así donde yo vivo. Mi casa queda detrás de los hoteles; está suspendida sobre tucos de madera y nos bañamos, lavamos los platos, cocinamos y hacemos nuestras necesidades con agua de lluvia que recogemos en cubos de plástico…toda el agua que usamos cae bajo la casa en donde se hace un lodo negro maloliente. Por suerte existen los gallinazos, esas aves negras que proliferan en nuestras costas y que limpian toda la porquería que generamos sin que nadie les pague. Y encima las espantamos y no nos gustan, porque, la verdad sea dicha, son re feas.

Aquí crecí. Bajando una escalinata resbalosa para llegar al lodo sucio y de allí agarrar una lancha para poder ir a la escuela. Por eso sé leer y escribir. Los malos olores ya no me molestan, son parte de mi vida, siempre lo han sido. Cuando era niña (se me olvidaba recordarles que soy mitad negra, mitad indígena, como alguna gente de por aquí… no mucha, pues la gente no se mezcla tanto), el juego de las tardes en la playa, cuando estábamos de vacaciones, era meternos donde nadie nos veía y reírnos de los chicos que jugaban a ver quien sostenía por más tiempo una toalla con el pene erecto. Quien lo lograba por más tiempo, ese ganaba. Y nosotras aplaudíamos y nos reíamos mucho.

Allí, por primera vez me revolqué con Franky, un chico robusto y negro, pero con ojos verdes, que casi siempre ganaba las apuestas de la toalla. Tenía un pene enorme y decían en el pueblo que sus ojos eran verdes porque su abuelo había sido un señor medio pirata inglés que pasó por aquí, como muchos, a comprar carey para revenderlo y violó a su abuela negra. Hasta lo reconoció (gran favor para la negra), pues su apellido era Harley.

Cuando me vino la menstruación, a los once años, mi mamá no me dejó salir más a jugar con mis amigos. Decía que ya era grande y no estaba para eso. Supe que Franky se fue a estudiar a la Universidad a la capital, que se casó con una mujer estudiada y blanca y que hasta llegó a ocupar un puesto importante en el gobierno.

Yo sigo aquí. Me junté con Philippe, un negro criollo que trabajaba cortándole las aletas a los tiburones para vendérselas a los japoneses. Con él tengo tres niños que van a la escuela. Quiero que sean como mi amigo de infancia, Franky, que estudien y lleguen a ser alguien.

Mientras, cocino a diario arroz con plátanos y frijoles y, cuando hay plata, comemos carne. Los platos los sigo lavando como lo hacía mi mamá: sobre una tabla que sale de la ventana, echando el agua bajo la casa para que los gallinazos se coman la basura y lo que queda de comida. También se comen lo que sale del inodoro cuando todos mis hijos, mi marido y yo desocupamos.

Ahora no nos dejan cortarle las aletas a los tiburones, ni vender los huevos de tortuga porque dicen los gringos que nos vienen a estudiar, que las hemos puesto en peligro de extinción. Pero nos podemos comer los peces león, que son una amenaza al sistema, dicen ellos, pues esos peces no son de aquí. Llegaron después de que el huracán Katrina los dejó escaparse de un acuario en la Florida y se han proliferado tanto que los hay en todos los arrecifes…y se comen hasta a su madre si la encuentran y no hay quien se los coma a ellos, solo nosotros. Pero somos tan diestros en esto de comernos cuanto se mueva, que de seguro los vamos a acabar. Ellos no saben con quién se meten, con nosotros, los mayores depredadores del planeta (eso me dijo un chico blanco de esos que nos vienen a estudiar).

Como Phillipe es muy diestro en la canoa, logró que lo empleen como conductor de bote para llevar turistas a pasear a las otras islas. No queremos dañar las islas, ni los arrecifes, y hemos entendido que si vendemos todos los huevos de las tortugas, no vendrán más a desovar aquí. Ya casi no hay tortugas de carey, así que sabemos que es verdad. Pero lo cierto es que no sabemos qué hacer. Mis dos hijas de 18 y 17 años andan escondidas cobrándoles a los turistas por dejarse manosear de esos blanquitos asquerosos y cincuentones que pagan por sobar a una negrita joven. Mi marido no gana mucho. ¿Qué será de nosotros? ¿Algún día lograremos secar el charco de agua que hay bajo la casa y sacar a los gallinazos de aquí?

La sonrisa de la primavera. Editorial palo de hormigo, 2013. Reproducido con permiso.

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